Hace poco rato una leve brizna de viento enfrió mi cara,
no sé si fuiste tú desde algún sitio,
pero desperté de la existencia tibia e inútil,
por un momento,
y fue bueno.
Agua oscura, corriente de acero,
donde navegan sueños y sombras,
con espadas de luz que cortan,
los reflejos de un mundo en llamas.
Cabalgan los ríos en furia,
arrasando memorias del viento,
y en su caudal, la historia grita,
una sinfonía de ecos violentos.
Las olas, guerreras del océano,
llevan en sus espaldas la carga,
de batallas y risas, de lágrimas,
del amor perdido y el canto del alba.
Sobre su espejo, la luna observa,
con un rostro de plata y secretos,
mientras el tiempo, eterno verdugo,
se disuelve en su flujo, sin lamentos.
Y así, el agua, vida y sepulcro,
se alza poderosa, inquebrantable,
con su furia de diosa indomable,
en cada gota, un universo palpable.
América
La cerradura crujió, el gato abrió
sus grandes ojos, eran las seis de la tarde y como siempre a esa hora era la
llegada de América desde su trabajo, los días Jueves.
El gato corrió hasta el umbral por
un pasillo angosto y salameramente acarició las piernas de la mujer.
América era hermosa, de treinta
años que ya quisiera cualquier mujer tener encima de la forma como ella los
llevaba.
De pelo oscuro y liso, nariz
aguda, labios brillantes, turgentes y profundos ojos oscuros, hoy
particularmente profundos.
América dejó su cartera en un
sillón y tiró una carpeta cargada de papeles sobre la mesa del comedor con
cierta violencia. Algunas hojas pegadas por la estática probablemente dieron en
un pequeño florero alargado que se desplomó rodando unos centímetros. Una flor
seca se resquebrajó en un silencio conmovedor.
América miró el florero y sonrió
leve con un gesto que sobrevivió unos minutos en su rostro hasta que se apagó.
Caminó entonces hacia la cocina y
girando sus caderas dejó caer una falda corta que por obligación usaba en su
trabajo como profesora de cálculo en
Se sentó, algo le molestaba, algo
pendía en su cerebro, una idea persistente había existido en las últimas
semanas que la asaltaba en sus clases, en sus estudios de álgebra, al intentar
dormir.
Un día, cuando era aún una niña
pequeña y usaba un par de trenzas que su madre enroscaba sobre su cabeza,
América fue al campo con sus abuelos; atardecía y el sol rayaba los árboles, la
tierra y un pequeño charco que era como una laguna para sus proporciones del
mundo. América se acercó al borde del charco y miró el agua, y en le fondo
fangoso una larva de anfibio engullía un pequeño insecto acuático y ahora
veinte y cinco años después aún fresca se mantenía esa imagen de las patitas
del insecto moviéndose en la proboscide del animal depredador.
Algo así sentía América que era la
vida, como un aparataje depredador que la engullía de a poco, que tragaba a las
personas lentamente, entristeciendo la
vitalidad más íntima, comiéndoles de a poco la imaginación y los sentimientos.
Pero eso no había sido todo lo que
marcó la pequeña vida de América ese día de campo. De pronto mientras
consternada miraba el fondo de aquel charco una brisa agitó el ese ecosistema y
miles de ondas se propagaron sobre el agua cortando el reflejo del sol en miles
de soles concéntricos. El cerebro de América también centelleó a esa frecuencia
y sin poder evitarlo cayó sobre el charco fangoso del campo.
También ahora había un resabio de
ese incidente. Una vez haciendo clases tiraba una tangente sobre un gran
círculo en la pizarra de vinilo cuando de pronto la línea recta le pareció que
se curvaba ( como a veces su corazón se curvaba ) y una multitud de brillos
como una botella de agua con purpurinas se apoderó de su percepción y cayó.
Cuando despertó un ruido como un
vibrato resonaba en sus oídos, al abrir los ojos una gran lámpara fluorescente
estaba sobre su cabeza, el contador doppler hacía una curva predictiva en la
pantalla y América no pudo moverse y tenía ganas de reír, de reír a carcajadas
inconteniblemente, de gritar, de llorar, de decirle a ese maldito Dios que las
cosas no podían seguir siendo así sin ninguna razón, que los postulados de
Riemann, Gauss y las teorías de las funciones variables eran absurdos, que el
teorema de Fermat era absurdo tanto como lo era respirar, pero no pudo moverse
y se durmió.
Ahora en ese sillón todos los
recuerdos se atropellaban en su mente, sus amores y desamores, sus ruidos, sus
miedos, sus brillos de purpurina y lloró, lloró hasta que la larga y lluviosa
noche de octubre fue sepultando sus ojos profundos. Lloró hasta que su hermoso
vestido de seda se le pegó en el pecho, entonces sonó el teléfono, una especie
de explosión de luz destelló en su interior, no pudo moverse y cerró sus ojos.
Cinco días más tarde la cerradura
crujió y el gato corrió por el angosto pasillo hacia la puerta y salameramente
acarició las piernas del administrador del edificio.
Cada puta célula de cuerpo está ahi,
configurando y reconfigurando,
adosada al caos, como un insecto afirmandose en la lluvia,
como un siempre eterno último suspiro.
A propósito de nada.
I.
Me despido,
Me despido de todo,
Hoy me despido de todo,
De la tierra,
De la tierra suelta de la montaña,
De la tierra húmeda del sur de Chile,
Esa con olor a cáscaras de castañas enmohecidas,
Esa que guarda el cuerpito de un ave pequeña por allá en
Coñaripe.
II.
Me despido del agua dulce,
El agua dulce,
Ese líquido mágico que me acompañaba cuando niño,
En esa botella de vidrio azulado,
Que bebía como un aroma de moléculas antiguas,
Que deformaba el mundo depositada en un trozo de vidrio,
Que me mostró que dentro de este mundo, había otro mundo.
III.
Me despido del aire,
El aire que tantas veces inundó mis pulmones,
Que tantas veces sació mi inquietud,
de esperarte madre, cuando niño, a la salida del colegio,
hasta que llegabas y entonces aire, ya parecías innecesario.
IV
Me despido de los árboles,
De todos los árboles que alguna vez haya visto,
Aquellos que aterraron mi mente en las noches de luna en el
campo,
Que me parecían gigantes sin cabeza, demonios, ángeles
tramposos,
De los árboles que acompañaron mi infancia,
Y mi vida toda, mis olivos,
para quienes no existe el otoño.
V.
Me despido del mar,
De esa línea infinita en el horizonte,
De sus olas,
De su sabor salobre, como las lágrimas de las partidas,
Como la sangre.
De sus sonidos,
Como patrones irregulares,
A veces como ronquidos del animal antediluviano,
A veces como caricias, como susurros al oído.
VI.
Me despido de mis amigos,
De todos,
que como un racimo robado en el campo, llevaba uvas diversas,
algunas ácidas como el limón, otras dulces como las guindas
y otras amargas como la hiel de un animal muerto.
Amigos,
algunos gajos cayeron antes,
cuando aún no se esperaba,
otros estarán leyendo este párrafo que les dedico.
Amigos,
Las almas que me han acompañado en este camino,
Las almas que espero alguna vez volver a encontrar.
VI.
Me despido,
de mi mujer,
fuerte como las rocas magmáticas de la cordillera,
tierna como los pétalos de una Añañuca,
dulce como el agua,
como las mermeladas del verano que hacía mi madre,
como el azúcar de la miel del frasco olvidado en la despensa
improvisada,
Que me abrazó tantas veces,
En el negror vacío de la noche,
Cuyo amor me llevo como una linterna, como un tesoro.
VII.
Me despido,
De mi hija,
Brillante como el sol,
Sensible como la mirada de un colibrí,
Necesaria como el aire,
Que a veces como un espejo mostró mis demonios,
Que amo hasta la eternidad.
VIII.
Me despido
de mis compañeros de viaje,
de aquellos que se les ama en contra de los hombres,
en esta nave preciosa que viaja por el firmamento,
de todos ellos,
de mis gallos,
de mis perros,
de mis gatos,
de mis ratitas,
de los pájaros que casualmente me acompañaron,
de las hormigas que nerviosas compartieron mi infancia
de todos,
que me vieron reír,
que me vieron llorar,
para quienes no hay justicia ni nunca la habrá,
mientras exista un ser humano en la tierra.
I.
Entre tanta ciudad tiktakeando en mi cabeza,
tanto mar, tanta continuidad del azules,
no me di cuenta de aquella flor que había crecido de camino
a lo cotidiano
II.
Ahora esa flor es una luz brillante,
un sol que se yergue,
Que encandila a los colibríes polinizadores,
algunos de ellos, sin
brújulas ni sextantes, caen fulminados, a las aguas frías del océano pacífico,
mientras que otros, como almas,
como penitentes,
vagan alrededor de una primavera que ya no existe.
III.
Ahora esa flor juega a apostar en distintas estaciones,
A veces el invierno es su favorita,
Otras veces presume de su belleza en una estación inventada,
I.
Como una flor,
como un ramillete de rayos, así vi tu cabeza emplumada como una corona,
II
Tu canto fue primero,
como un sonido pretérito, primitivo,
como un rugido fantasma que emergía desde mi infancia,
desde el tiempo atrapado en el tiempo.
III
Entonces te quise como al sol, te crie, te amé,
te admiré desde el primer día, te esperé,
te traje como un ladrón furtivo trae una mercancía,
más valiosa que el oro,
más valiosa que el magma de nuestra estrella madre.
IV.
Como una esperanza,
como la promesa de la vida llegaste a nuestra casa,
cada pluma tuya era un orgullo, eran figuras y brillos que se mostraban como diamantes frente a nosotros.
V.
Pero la flor no puede conta la muerte,
el sol no puede contra la muerte,
ni siquiera la esperanza puede contra la muerte
VI
Ahora como siempre,
llenarás cada mañana,
ya no con tus cantos,
sino con tu ausencia,
de cada día venidero,
que como una agujita se clavará en mi pecho por mucho tiempo,
quizás por todo el resto del tiempo.
VII
Clemente precioso,
¿hay algo más poderoso, más implacable, más negro que el vacío absoluto,
de tus plumas azabache?
y,
¿Hay algo más poderoso que la muerte?, que nos cruza, que nunca pregunta, que nunca pide permiso, que nos priva de lo que amamos,
para siempre.